Periodistas en el fuego cruzado

Cristian Zermeño.- Las agresiones a periodistas mexicanos, como lo ha documentado Artículo 19, y contra toda suposición, son provocadas en mayor medida por funcionarios del gobierno.

En estos tiempos tan revueltos, y como lo demostró la “operación” para neutralizar a los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, no se puede saber con certeza dónde comienza el gobierno y dónde acaba el crimen organizado.

Edgardo Buscaglia ha repetido en diversas oportunidades, que no existe un viraje en la política de seguridad en la actualidad. Todo se trata de una charada mediática, y lo que busca el gobierno actual es simplemente administrar la violencia.

En este terrible contexto, los periodistas mexicanos están expuestos a una gran presión, que incluso puede venir de tres diferentes frentes. Como lo dijo uno de los editores de Río Doce: si haces la crónica del narco te pueden amenazar los propios delincuentes, si publicas algo, te puede presionar el grupo contrario para que escribas lo que ellos quieren, y por supuesto el gobierno se puede molestar si indagas demasiado.

En la entrevista/encuentro que Diego Enrique Osorno organizó con Roberto Saviano y Raymundo Pérez Arellano, el italiano señalaba que incluso en su país, donde distintas mafias operan con total impunidad, era inconcebible que mataran a los periodistas como lo estaban haciendo en México, ningún presidente soportaría la presión social de este tipo de actos.

En nuestro país, por el contrario, desde hace mucho tiempo matar periodistas no trae ninguna consecuencia. Incluso un gobernador como Javier Duarte, se puede permitir amenazar directamente a los periodistas sin que nada suceda.

Esta indiferencia ante la auténtica persecusión que se vive se lo preguntó el propio reportero de Televisa, secuestrado por una célula criminal durante unas horas en Reynosa, Tamaulipas, Raymundo Pérez Arellano: “Algo hemos hecho mal en México los periodistas para que la sociedad no nos defienda”. Una opinión demoledora, que trata de implicar al grueso de la sociedad en la protección de sus comunicadores.

El asesinato en la colonia Narvarte, del fotoperiodista Rubén Espinosa, la activista Nadia Vera y de Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín y Alejandra Negrete representa un punto sin retorno. Saviano decía que en Italia la cultura antimafia comenzó a crecer a partir de que los grupos criminales empezaron a matar inocentes. El ya famoso crimen de la Narvarte, ha despertado una indignacion que superó por mucho la estela de repudio por el caso del Bar Heaven, donde un grupo de jóvenes fueron secuestrados sin que nadie los viera de un “after” de la Zona Rosa en el DF.

Francisco Goldman en su reciente libro, El circuito interior, explica con gran detalle que este caso demostraba que en la Ciudad de México todos los grandes cárteles se estaban peleando el territorio, y que si una aparente paz mafiosa se había respetado era porque nadie quería llevar los reflectores a la capital del país. Se trata, según una de las teoría más fundamentadas del propio Goldman, de la búsqueda de Peña Nieto y el PRI de volver a gobernar el crimen en el DF.

El mismo manejo torpe de la procuraduría, la estrategia de “deslizar” teorías estrambóticas, que buscan manchar la reputación de los muertos, son de los pocos elementos en común del caso Heaven y el de la Narvarte. México se ha convertido en un país donde los asesinados tienes que explicar su propio crimen.

En las palabras amenazantes de Duarte, pero sobre todo en el ambiente de descomposición general que vive el país, es donde se tiene que buscar para aclarar los asesinatos de Espinosa y de todos los demás periodistas caídos en esta nefasta guerra, que no es entre buenos y malos, sino por el control del tráfico de drogas. Un negocio que —como señaló recientemente Jorge Zepeda Patterson— remplazará a la renta petrolera en el mediano plazo.