El último pachuco

Mario Morales, pachuco en CDMX

Mientras que por las noches mantiene vivo el negocio familiar de restauración, Mario Morales pasa el resto de su tiempo, siempre muy bien vestido, bailando de salón en salón siendo un pachuco en CDMX.

 

Un pachuco en CDMX

A Mario Morales nunca lo he visto tomar asiento a menos que alguien se lo pida. Esta noche en el salón La Maraka, cuando la mayoría de las parejas deciden descansar luego de una agitada pieza de mambo, permanece de pie al centro de la pista, en espera de los primeros compases de la siguiente canción.

Hay que verlo. Con su tacuche gris de solapa ancha y su sombrero italiano, con su pantalón bombacho de corte español y sus zapatos bicolor hechos a la medida: un pachuco en CDMX que parece salido de los años 30. Un hombre que, además, baila como ya casi nadie sabe, sin esas vueltas acrobáticas de la salsa pero como si cada uno de sus pasos estuviera acompasado con los contratiempos de la orquesta, como si la música fuera un tema de vida o muerte.

“Yo siempre vi a mi abuelo, Luis Morales, vestido de pachuco —recuerda—. Me impresionaba su elegancia, sus trajes siempre blancos. Cuando era niño, él y mi papá me llevaban de contrabando al Salón Colonia. Entonces yo pensaba que el danzón era una forma de emborracharse con las vueltas. A veces me asomaba por debajo de las puertas a las pulquerías cuando escuchaba alguna marimba: me hipnotizaba ver los zapatos bailar sobre el piso lleno de aserrín”.

Conocí a Mario Morales hace unos siete años. Él aseguraba haber logrado instaurar un récord insólito: bailar ocho mil danzones en solo un año, siempre con orquesta en vivo. Me pareció increíble, pero bastó acompañarlo un día para comprobar que era posible, que la fatiga no pasa por su cuerpo. En un solo día, puede cruzar la ciudad varias veces persiguiendo a las orquestas: en la Ciudadela al mediodía, en Salón Romo por la tarde, en el Salón Los Ángeles por la noche. Su capacidad para llegar antes que nadie a todos los eventos le valió un apodo: El Infalible.

Esta noche, La Maraka es un escenario de otro tiempo. Todas las mujeres usan abanicos para quitarse el bochorno. Todos los hombres llevan un sombrero ajustado a la medida. Mario Morales toma a su pareja por la cintura; ella, en un paso peligroso, sostiene todo su peso sobre la punta de su tacón izquierdo. Él, con delicadeza y lentitud, comienza a darle vueltas. Por un instante, es como si ambos fueran el eje alrededor del cual gira el mundo.

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Un arte antiguo

Una de las últimas veces que lo encontré estaba irreconocible. Corría el 2015 y el hombre que yo había visto de tacuche impecable por las noches aparecía ahora lleno de aserrín y vestía con un mameluco ya gris de tanto polvo. Mario Morales estaba en la entrada de la Catedral Metropolitana: el Instituto Nacional de Antropología e Historia lo había contratado para restaurar retablos del Sagrario.

–Toda mi familia se ha dedicado al oficio de tallar y restaurar madera —explica desde su taller de la colonia Salvador Díaz Mirón, un lugar lleno de caras de ángeles, caballos de madera, cientos de gubias colgadas de la pared, reglas, pinturas, aceites, barnices—. Yo soy la quinta generación que se dedica a esto.

Mario muestra un pequeño álbum de fotos donde registra sus trabajos más ambiciosos: retablos barrocos en Morelos, las puertas de Palacio Nacional y otros edificios del Centro Histórico, la capilla del Panteón Español, figuras de santos de madera, muebles antiguos con bajorrelieves minuciosamente detallados.

–Vivo una doble vida. Generalmente trabajo de madrugada. Cuando el INAH me comisiona algún trabajo, me pongo de acuerdo con los vigilantes. Así, después de bailar, puedo ir a las iglesias y trabajar hasta el amanecer, solo.

La imagen es fantasmagórica. No es difícil imaginarlo entrar a un edificio antiguo, con esa seriedad que le cuesta quitarse del rostro, deshacerse de su traje de pachuco, colocarse un casco con una luz y comenzar a trabajar.

Una búsqueda estética

Para tener elegancia, para tener distinción, no se necesita dinero. Mario Morales lo sabe. Sus trajes —difíciles de encontrar en estos tiempos— suele conseguirlos mediante trueques con sastres de alto calibre: él les restaura sus muebles, ellos le confeccionan lo que les pida. Él mismo hizo su colección de zapatos bicolor luego de aprender la técnica con un maestro zapatero de Tepito. Su manera de bailar y etiqueta impecable le valen que la mayoría de los salones no le cobren la entrada a sus eventos.

–Ser pachuco en CDMX es esto. Los que hoy se nombran pachucos siguen una tradición más de Tin Tán y del teatro de revista: son una parodia cómica. Yo no creo en eso. Para mí, es importante la elegancia y ayudar a la gente: bailar para un asilo, bailar para recaudar fondos para una silla de ruedas. Y aun así me han dicho de todo: soberbio, payaso, inadaptado. Solo por vestir como me visto.

En su celular, Mario Morales guarda algunos pequeños trofeos. El video de cuando Omara Portuondo bailó con él toda la tarde en el Salón Los Ángeles. La fotografía de cuando bailó con la Tongolele. El video de aquella vez en que bailó en los 40 años de Aquí nos tocó vivir, con Cristina Pacheco. Aquella noche en que el equipo de Mon Laferte le pidió que bailara con ella.

–Ser pachuco en CDMX es un estandarte, un recordatorio de otra época, de cuando la vida se vivía a fondo y en serio. Pero, sobre todo, es una búsqueda estética: en la ropa, en el baile, en tu forma de vida, una manera amable de relacionarte con el mundo.

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