Transbordo a la ciencia

Túnel de la Ciencia
Foto: Cuartoscuro

Este año, el Túnel de la Ciencia, en la estación La Raza, cumple tres décadas. Con altibajos, abandonos y manitas de gato esporádicas, aún es un viaje dentro de la por sí delirante travesía que es usar el Metro de Ciudad de México.

Este espacio fue concebido como un museo dentro de la estación, donde se conectan las Líneas 3 y 5, para aprovechar los muros del larguísimo transbordo. Así que en 1988 llenaron este inevitable recorrido de fotografías relacionadas con la naturaleza y el cosmos.

Hace poco lo remodelaron y reemplazaron las fotos enmohecidas y deslavadas por unas nuevecitas. En la parte cercana a la Línea 3 hay una exposición temporal llamada “Darwin apto para todas las especies”, que la neta parece hecha por los compañeros matados de la secun con su Power Point aburrido. Hay demasiada información que es imposible digerir y/o disfrutar cuando uno vuela por estos pasillos. Eso sí: podemos ver los empujones de la hora pico como un performance que complementa el postulado de la supervivencia del más fuerte.

Del otro lado, hacia la Línea 5, hay fotografías e información sobre el universo. Planetas, asteroides y galaxias son imágenes mucho más adecuadas para el recorrido, porque si algo se necesita dentro del metro es recordar que allá afuera está el cielo.

Justo en medio del Túnel de la Ciencia hay una parte cerrada y oscura donde se reproduce la bóveda celeste con luces negras. Es, por mucho, lo más chingón, pero tiene fama de ser un área peligrosa, porque como está en la penumbra los maloras aprovechan para hacer de las suyas. Por eso hay un par de letreros que advierten que es un área vigilada… de cuya veracidad dudamos hasta el infinito, porque la seguridad del Metro está peor que nunca.

También en la parte de la Línea 5 hay un museo-museo con muestras temporales de bajo presupuesto, con lonas impresas y medio pixeleadas. Eso sí, no hay que perderse el mural apocalíptico de Ariosto Otero llamado Monstruos de fin de milenio. Por ahí hay una zona de conferencias, que más bien es aprovechada por algunos de los 30 mil pasajeros que diariamente usan la estación para sentarse a descansar después de haber absorbido tanto conocimiento.

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.