Nelson Garza, de las calles al Olimpo

Regiomontano, radicado en la CDMX desde hace un par de años, Nelson Garza es el favorito mexicano para llevar la patineta a los Juegos Olímpicos de 2020.

Nelson Garza
Foto: Lulú Urdapilleta

Nelson Garza ni siquiera se disculpa. Saluda con una sonrisa fresca como si nada pasara, como si todos no estuvieran aburridos de esperarlo. Llega más de una hora tarde a la cita y lo primero que hace —después de saludar— es despedirse, correr y sentarse lejos. Con la ansiedad del obseso, del adicto, saca de su mochila una tabla, lija, trucks, tornillos, baleros, llantas… Mientras arma su nueva patineta, sus ojos ruedan por las rampas que tiene enfrente. El mundo no existe.

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–¿Vives ya en la Ciudad de México?

–Es que acá está mi hija… Tiene seis años —dice a regañadientes, como si le costara iniciar una plática cuando tiene una rampa cerca—. Voy a Monterrey, cada que puedo, pero acá vivo.

El Deportivo Reynosa, en Azcapotzalco, es uno de los más grandes de la ciudad. Poco conocido, pero con un gran arraigo vecinal, fue construido en 1968 para que los atletas que competían en los Juegos Olímpicos se prepararan. Hoy tiene también un pequeño, y Nelson Garza, además de regiomontano y campeón nacional de skateboarding, es la carta fuerte de la Federación Mexicana de Patines sobre Ruedas y del Comité Olímpico Mexicano para representar a México en las Olimpiadas de Tokio 2020, cuando el skate debute como deporte olímpico.

Desentendido de todo, Nelson se concentra en atornillar las nuevas llantas de su tabla.

–La neta, para patinar, Monterrey está mejor —dice—. Acá el tráfico no te deja moverte como quisieras y las calles no están tan chidas. Igual no me quejo: hay un montón de sitios para darle.

Decía el escritor Richard Ford que los verdaderos deportistas no tienen tiempo para la duda, la ambigüedad ni el autoanálisis. Por eso es difícil entrevistarlos: no están hechos de palabras, sino de voluntad que se contiene hasta el momento de la acción. Hoy, por ejemplo, Nelson parece apático a todo lo que no implique subirse a una tabla con ruedas: “Yo soy skater, no modelo”, dice entre risas cuando tiene que posar para la lente de una cámara. Y en efecto, algo sucede cuando logra treparse a su tabla: el Deportivo Reynosa se vacía, todos los patinadores locales se hacen a un lado con respeto. “Es el más perro de todos”, comenta uno. Mañana al mediodía, el público podrá atestiguar ese efecto en el mismo deportivo cuando Nelson se presente junto a Manny Santiago en una demostración organizada por Ecko Unltd.

Nelson habla mejor volando. Golpea su tabla con la punta de sus tenis y la hace girar una, dos, tres veces, bajo sus pies. Toma una rampa, monta un barandal y lo hace parecer más fácil que pestañear, como si cada obstáculo fuera la pieza de un rompecabezas que conoce de memoria, pero que parece siempre nuevo. Su cuerpo se contorsiona en extrañas posturas, buscando el punto de equilibrio perfecto, sus manos y brazos giran como rehiletes: desafiando la física.

–Yo crecí en Guadalupe, así se llamaba el barrio en Nuevo Léon. Empecé a patinar por mi hermano. Yo a él lo veía en la calle, con todos los del barrio. A los siete tuve mi primera tabla, una Shorty’s, y ahí empecé. Desde entonces, nunca me bajé de la patineta.

Los tiempos han cambiado. Hace años que el skateboarding dejó de ser solo un deporte contracultural. Lo que comenzó como un juguete para que los niños de California imitaran el surf sobre el pavimento, lo que después se convirtió en una práctica callejera y rebelde, está por llegar a los Olímpicos. El mismo Nelson hoy está patrocinado por cuatro marcas distintas que lo visten de pies a cabeza, le regalan tablas y, más o menos, le pagan las cuentas… “¿Por qué tendría que ser algo malo eso?”, pregunta Nelson. “Deberíamos sentirnos orgullosos de haber llegado tan lejos, de tener esta oportunidad”.

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