Brujería para llevar

Brujería
Foto: Tamara de Anda

Hace unos 20 años, cuando los protohipsters se dieron cuenta de que vivían en una ciudad fascinante y comenzaron a aventurarse fuera de sus asépticas colonias arboladas para explorar barrios tradicionales, se toparon con la gráfica popular. ¡Ooooh! La capturaron con sus sofisticadas cámaras, editaron libros, hicieron exposiciones… La extrajeron de esas zonas que les eran ajenas y la llevaron de vuelta a sus espacios seguros, para rendirle culto y admirarla a gusto, ya sin miedo a que los picaran. Así nació la fascinación por la brujería entre los hipsters.

Brujería a la chilanga

Uno de sus descubrimientos favoritos fueron los productos de brujería típicos de los mercados, específicamente del Sonora. No porque gracias a ellos hayan obtenido la salud, el dinero y el amor prometidos, sino porque el diseño naif de sus envoluturas era un tesoro visual y lleno de humor involuntario que ellos jamás hubieran podido crear.

Por eso, hasta la fecha, existen tres tipos de clientes en los puestos esotéricos: el que realmente va en busca de una solución mágica para sus problemas existenciales, el que quiere mejorar su salud a través de la herbolaria, y el turista-cínico-fan-de-la-cultura-pop que dice “Oh, qué kitsch” y compra los diseños que le parecen más delirantes y graciosos.

La llegada de los programas de edición de imagen “arruinaron” el encanto de la gráfica de antaño, pero aún sobreviven artículos “de los de antes”: el jabón del estudiante, el de “Ven a mí”, el “Borreguito manso”, el “Contra envidias” o el “Doblegado a mis pies”. Otros, como el de “Amarre Guajiro”, rescatan el estilo tradicional de plasta y dos dimensiones, aunque con tipografías mothernas y diseños más atrevidos. Es decir, un pito con todo y su peluche.

Los ingredientes jamás se especifican en el empaque, y cada vendedor le pone de su cosecha sobre los componentes del producto. ¿Pero para qué? Estos jabones, polvos y lociones no necesitan la aprobación de Cofepris, de la Sociedad Mexicana de Dermatología ni de la Secretaría de Salud. Cuando se trata de magia, hechizos y brujería chilanga, ¡al diablo con las instituciones sanitarias!

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.